La historia de siempre

Después de los brillantes hallazgos formales de Jean-Gabriel Périot, cambiamos de tercio para comentar un trabajo de apariencia más ligera. Nada más y nada menos que una buena historia bien contada.

La historia de siempre, del catalán José Luis Montesinos, es uno de los cortos españoles más exitosos de los últimos años, y en su larga andadura por festivales superó la friolera de 130 premios nacionales e internacionales.

Ahora bien: cifras como esta, que suelen abrumar, en muchos casos no significan nada. El mundo del corto está lleno de falsos prestigios que han amasado premios en cantidad, que no categoría, otorgados a menudo por certámenes poco rigurosos, y cuyas historias, o la manera de tratarlas, explotan la peor parte de los espectadores, su lado más complaciente y ramplón.

Este no es el caso.

La historia de siempre encandiló a propios y extraños con todo merecimiento, partiendo de una buena idea desarrollada y ejecutada con eficacia, estupendamente interpretada, y que, por milagros de la alquimia cinematográfica, supo llegar bastante, bastante más allá de lo que podía esperarse.

Si observan las fotos que ilustran este artículo, el corto que nos ocupa no se caracteriza, precisamente, por una gran personalidad visual. No es más que un viaje en un autobús de línea a medio llenar, contado de la manera más frontal posible.

El personaje central es uno de los pasajeros. Un hombre de mediana edad…

… que recibe la llamada de su ex-mujer, la cual acaba de llegar a la casa donde vive el hombre (y que fue el hogar común de ambos) para recuperar un collar que se dejó olvidado. El hombre, que está pasando por una crítica situación laboral, inicia una discusión telefónica con la mujer, intentando desesperadamente que esta le espere hasta que llegue, para así provocar, si se puede, una reconciliación.

Hasta aquí, no parece que sea como para tirar cohetes. Pero el hombre tiene una particularidad: una voz realmente poderosa, llena de clase y empaque. Y dada la urgencia de la situación, la voz se le agranda y proyecta… Y, a partir de aquí, se despliega todo un juego de espejos.

Momento de ver La historia de siempre.

Lo más sorprendente de este corto es que está a punto de caer en un insoportable empalago, en el atraco a mano armada contra la sensibilidad del espectador. Pero eso nunca sucede, ya que Montesinos consigue un admirable equilibrio entre los diversos elementos en juego, equilibrio que cuaja a las mil maravillas, transmite convicción, y nos arranca una emoción legítima.

Pero, ¿cómo se consigue ese equilibrio para que la historia de siempre no sea la historia de siempre?

De entrada: a veces, estas cosas pasan. Todo se conjura a favor sin que nadie pueda explicar cómo ha podido salir todo tan bien. Y puede que ese sea el caso de La historia de siempre. Sin embargo, se nos ocurren unos cuantos argumentos que hacen pensar que la perfección del corto se debe a algo más que la suerte.

Para empezar, un guión perfectamente modulado, que se apoya en un sencillo contraste entre la conversación telefónica, muy bien desarrollada, y las reacciones de los otros usuarios. Estos dos elementos no dan mucho juego visual, y corren el riesgo de agotarse a los pocos minutos, pero cuando eso está a punto de ocurrir, Montesinos sabe introducir un elemento externo que sirve de remanso (la parada en la que nadie se baja) o reaviva el interés (el paso por el túnel).

Un guión muy bien sostenido por un montaje ágil y apropiado, de tal modo que las intervenciones de protagonista y demás usuarios se complementan las unas a las otras a la perfección. Así, el corto cobra una cadencia casi musical, una agradable sensación de que las emociones de los personajes avanzan a cada paso con naturalidad y delicadeza. Y confesamos que, en algún momento del corto, hemos dejado de prestar atención a la conversación telefónica para dejarnos llevar por la sucesión de los planos, las expresiones de los rostros, los pequeños gestos.

Otro de los puntos clave es la dirección de actores. Y, muy especialmente, la elección del actor principal.

Como se cuenta en el making-of del corto, Montesinos buscaba un actor con una voz potente, arrolladora. De ahí que eligiera finalmente a un espléndido Miguel Angel Jenner, conocido sobre todo por su labor como actor de doblaje, con personajes tan célebres como el Samuel L.Jackson de Pulp Fiction (aunque, sin descrédito alguno de estos estupendos profesionales, preferimos mil y una veces la versión original). A este respecto hay que señalar dos cosas:

La voz del actor es un falso defecto del corto. Durante la historia, ese perfecto fraseo del hombre, esa dicción inmaculada y sin fisuras, resulta poco natural, puro artificio. A veces, el protagonista parece más un actor actuando que un personaje. Y si cuela, porque cuela, es sólo por el estupendo trabajo de Jenner, que apuesta por los tonos sobrios, nunca cae en lo sensiblero y consigue que su voz, aunque afectada, tenga fuerza y encanto.

Pero el desenlace muestra que todo era, precisamente, un artificio, y que ese fraseo, esa dicción, no podían ser de otra manera. Montesinos no sólo no se había equivocado, sino que nos estaba indicando en todo momento por dónde iban los tiros. Nos propone un juego y gana de manera legítima, sin hacer trampa.

Y no sólo es adecuada la voz, sino la propia presencia del actor. Ese aspecto de caballero venido a menos, algo así como un Quijote con cuerpo de Sancho Panza, contrasta deliciosamente con su voz apabullante. Contraste que le confiere una formidable autoridad y le transforma en una versión idealizada del español de a pie, en la cual se reconocen, de una manera u otra, todos los pasajeros del autobús. El poca cosa con grandeza, como un Jack Lemmon, un Bob Hoskins, un Paul Giamatti.

Los demás personajes están definidos con cuatro trazos, su perfil es totalmente esquemático y, la verdad, con cierto tufillo publicitario: el señor con barba blanca, los turistas, la pareja joven, la señora mayor que se asoma, el conductor modernillo… Ese aspecto publicitario está a punto de restarle verdad al corto, pero Montesinos, una vez más, vuelve a hacer una afortunada elección: lo importante no son los personajes, sino el conjunto.

Así que les da poco espacio, les hace actuar con miradas y gestos mínimos y, sobre todo, no les permite hablar. La actuación se nota menos de lo habitual, y los actores profesionales no sólo se confunden con los figurantes, sino que su actuación sin palabras contrasta aún más con la expresividad verbal del protagonista.

Eso sí, nos parece que uno de los personajes destaca con luz propia: la señora de mediana edad. No sólo porque es, precisamente, la más veraz y menos publicitaria, sino porque la actriz, Chus Leiva, sabe mostrar muy bien su emoción contenida. Es más, de algún modo, la señora y la ex-mujer del hombre se reflejan la una a la otra.

Y por último, la ausencia de música. En el making habrán visto que los responsables del corto estuvieron pensando si poner o no música, y que al final decidieron no hacerlo. Sabia elección, porque nos tememos que, de haber introducido esa música, toda la emoción se habría hecho mucho más convencional, más mecánica, impregnando la historia con un tono dulzarrón. La ausencia de música, según el montador de sonido, supone una apuesta por la naturalidad. Nosotros añadimos que, gracias a esa ausencia, todo es más crudo, más emotivo y, finalmente, más desolador.

En resumidas cuentas: si La historia de siempre no tuviera un protagonista con una voz tan convincente, si hubiera dado más espacio o diálogos a los personajes que observan, y si hubiera introducido una música sentimental durante el viaje… habríamos presenciado un trabajo plano, relamido y complaciente. Pero todas las elecciones parecen haber sido acertadas, y la combinación de los distintos elementos respira armonía.

Y así, esta historia acaba superando los límites de un juego atractivo para constituirse en toda una metáfora de las pequeñas heridas cotidianas. Los pasajeros del autobús asisten a un espectáculo en el que ven reflejadas, y mejoradas, sus vidas. Gracias a ese espectáculo, la parejita joven podrá reconciliarse, los dos jóvenes que se miran furtivamente sentirán que pueden hacer algo más que lanzarse sonrisas, la señora de mediana edad verá su amargura un poco aliviada. Todos, en fin, sentirán que las cosas pueden mejorar…

Pero la fantasía se acaba. Entonces, ni el protagonista volverá con su mujer, ni los dos jóvenes se atreverán a decirse nada, ni la señora conseguirá escapar de su tristeza… Es el turno de la vida real.

Aunque es posible que el espectáculo les haya hecho reaccionar, al menos, un poquito, y alguno de ellos se permita concederse, quizás, una segunda oportunidad. Tal vez, y sólo tal vez, la fantasía ayude a vivir.

Dedicado a Clara Pérez Escrivá, esa mujer imprescindible

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Acerca de Oscar de Julián

Ha sido director del Festival Internacional de Cortometrajes Almería en Corto entre 2005 y 2011. Lleva casi dos décadas en el mundo del cortometraje, generalmente como guionista, y ha dirigido dos cortometrajes, digamos, documentales, Joe K y Doppelgänger, ambos nominados al Goya. Escribe una entrada cada diez días. Es vago, pero constante.

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